Experiencias personales
Sexperience, fiesta privada SW
El viernes a la noche fui a una fiesta privada swinger en Mendoza, de esas exclusivas que se arman cada tanto y donde hay un aire de misterio porque no es un club abierto sino un encuentro secreto, selecto.
Llegué con una pareja amiga, clientes míos que me invitaron y me pagaron la entrada. Apenas llegamos un tipo de traje nos hizo caminar hasta la esquina, doblar y buscar un portón marcado con aerosol; parecía clandestino, pero detrás se abría un jardín enorme con luces bajas, pileta iluminada y un ambiente de lujo.
Nos recibieron con un trago de cortesía. La casa estaba impecable, música de DJ, luces rojas y violetas, hombres y mujeres de más de 30, bien vestidos; mujeres hermosas, hombres con porte. Se notaba que era una fiesta privada de nivel, la crème de la crème mendocina mezclada en ese clima cargado de morbo y elegancia.
Al ingresar nos dieron precintos de colores, cada uno con un significado muy claro:
Blanco: para quienes iban por primera vez, principiantes que recién se animaban a probar.
Rojo: para los nuevos que querían ir despacio, tanteando el terreno.
Verde: vale todo, para los más avanzados y dispuestos a entregarse sin límites.
Violeta: reservado para la dark room, la habitación oscura donde el morbo se multiplica; al entrar se siente otra energía, el aire espeso, las luces casi muertas y una cama colgando de cadenas en el centro que se balancea con los cuerpos que se dejan usar en la penumbra.
Yo no dudé: me puse el verde y también el violeta, porque sin el violeta no se podía ingresar a la dark room.
Arrancamos bailando los tres, primero más tranquilos, tragos en mano y risas suaves. Los roces se volvieron inevitables.
Él me sujetaba de la cintura, la pija dura marcada en el pantalón; yo me inclinaba para sentirla contra mi culo mientras me devoraba la boca. Ella me tiraba del pelo, me comía los labios, me metía la lengua; yo se la devolvía con hambre.
La pista nos quedó chica. Nos cruzábamos las lenguas entre los tres, nos besábamos sin pudor; alrededor, sonrisas, ojos prendidos. Le metí la mano a ella bajo la falda y encontré su concha empapada.
—“Vamos a un cuarto, ya” —me dijo jadeando.
No dudamos.
La habitación era un hervidero: luces rojas, bajos de la música mezclados con gemidos, olor a sexo en el aire. Parejas y tríos cogiendo en sillones y camas; cuerpos sudados entrelazados sin vergüenza. En un rincón un tipo disfrutaba mientras dos minas lo cabalgaban; en otro, una mujer gritaba de placer mientras la reventaban con furia.
En cada rincón había preservativos, geles lubricantes, papeles y toallitas; lo mismo en los baños, todo a mano para que nadie cortara la calentura.
Nos dejamos caer en un sillón, ya entregados. Besos pegajosos, lenguas chocando, manos por todos lados. Yo le chupaba las tetas a ella mientras él me levantaba el vestido y me metía la mano entre las piernas; la tanga mojada se me pegaba, él la corrió de un tirón.
Ella se arrodilló frente a él y empezó a chupársela con la boca llena de saliva, tragándosela entera. Yo la tomé del pelo y le dije con una sonrisa sucia:
—“Eso, puta, tragátela toda.”
Él jadeaba mirándome:
—“Mirá cómo me la chupa… está hecha para esto.”
Le metí dos dedos en la concha y ella gemía con la pija enterrada en la garganta.
Él se cubrió con un preservativo, me abrió de piernas en el sillón y me la metió de una, hasta el fondo. Un gemido me explotó en el pecho, se mezcló con la música. Ella se lanzó entre mis muslos a chuparme la concha, me lamía el clítoris, me mordía, me metía la lengua; yo la hundía contra mí.
—“Comeme toda, puta, no pares” —le grité jadeando.
Me partía entera mientras esa lengua me hacía vibrar. Terminé acabando fuerte, mojando el sillón, gritando como una enferma de placer.
Ella subió sobre él, lo cabalgó con desesperación, gimiendo, con su pelo cayendo sobre su cara. Él la agarraba de la cintura, la cogía con fuerza. Ella lo miró a los ojos:
—“Así, rompeme, me encanta tu pija.”
Acabó sobre él con un grito ahogado, y cuando se dejó caer agotada a su lado, yo aproveché para montarlo. Me clavé encima suyo, lo cabalgué con fuerza, sintiéndolo duro y caliente adentro mío.
Ella, exhausta, quedó unos segundos sola a un costado. Ahí apareció un pendejo de treinta, que con toda naturalidad se le acercó. Ella lo miró, sonrió, y con su consentimiento se arrodilló para empezar a chupársela. El flaco la tomó del pelo y le dijo jadeando:
—“Eso, mamámela bien puta.”
Ella lo devoraba, tragándosela como si fuera un caramelo. Al rato él la levantó, la llevó a una cama y la puso patas al hombro. La empezó a coger con fuerza, clavándosela hondo mientras ella gritaba caliente:
—“Sí, así, rompeme la concha.”
En ese momento apareció otro, un poco más grande, de unos treinta y cinco. Se puso frente a ella y le ofreció la pija dura. Ella lo miró con morbo, lo agarró con la mano y lo empezó a chupar mientras el otro la reventaba desde abajo. Era una escena brutal, pero todo con el consenso de ella, entregada y disfrutando cada segundo.
Yo lo montaba a él, jadeando sobre su marido, y le susurré al oído:
—“¿Mirá cómo se la cogen a tu mujer? La tienen patas al hombro, con otra pija en la boca. ¿Te gusta verla así, puta usada?”
Él me agarraba con fuerza, los ojos fijos en la escena, y me contestaba con la voz rota:
—“Sí, me recalienta… mirala, la están rompiendo toda, por la concha y por la boca.”
Yo lo cabalgaba más fuerte, cada embestida más sucia. Él me agarraba de la cintura, me empujaba contra su pija. Lo miré fijo, la respiración entrecortada:
—“Dale, acabemos juntos, quiero sentirte acabando conmigo.”
Él explotó jadeando:
—“Sí, puta, acabá conmigo, mojame todo.”
Y ahí fue el descontrol. Lo cabalgué con fuerza hasta que me estalló un orgasmo violento, grité con la voz quebrada mientras él acababa dentro del forro al mismo tiempo, los dos temblando, jadeando, con los gemidos de su mujer cogida por los dos pendejos como telón de fondo. Fue un clímax sucio, compartido, de los que dejan el cuerpo vacío y la cabeza encendida.
Finalmente, los tres quedamos exhaustos. Yo jadeando sobre él, él transpirado y ella rendida tras la doble cogida. Ella volvió al sillón con nosotros, se dejó caer, nos besamos los tres con las bocas húmedas, las lenguas enredadas y las respiraciones pesadas. Una escena final de entrega total antes de levantarnos y salir tambaleando hacia el jardín.
En el jardín brindamos otra vez, todavía calientes, la música vibrando en el aire.
Ellos se fueron a la dark room. Yo me quedé afuera con una cerveza, recuperando el aliento.
Entonces apareció un empresario que ya conocía, con quien siempre hubo miradas pero nunca lo habíamos concretado. Me saludó, me sonrió y me besó de golpe. La lengua se me enredó con la suya, el beso fue puro fuego. Me tomó de la mano y me llevó directo a la dark.
La penumbra era espesa. Sombras apenas, cuerpos rozándose, gemidos por todos lados, olor a sexo mezclado. La cama colgando de cadenas se movía sin parar, el metal resonaba con cada embestida, sumando morbo al ambiente. Una mano me rozó la cintura al pasar; el corazón se me aceleró.
Me arrinconó contra la pared, bajó mi vestido hasta la cintura, me sujetó fuerte de las piernas y me levantó como si nada. Me aferré a sus hombros, la espalda contra la pared fría, su calor pegado al mío. Se colocó un preservativo con destreza en la oscuridad.
Me la metió de abajo hacia arriba, suspendida en el aire, cada estocada me sacudía entera. Yo gemía con la voz rota:
—“Sí… dame duro, hace mucho que no me cogen de parado.”
Me embestía sin piedad, yo lo arañaba, lo besaba con desesperación, me arqueaba buscando más. Me apoyó contra la pared de frente, me dio vuelta y me la metió por detrás, cogiéndome de espaldas con fuerza. Me mordía el cuello, me decía al oído:
—“Qué puta rica sos, te voy a coger toda la noche.”
Me hacía chocar las tetas contra la pared, me abría entera, y yo deliraba de placer. Luego me giró otra vez, me la metió de frente mirándome fijo, jadeando:
—“Así, mirame, quiero verte acabar en mi pija.”
Lo besé con desesperación, mis piernas temblaban, sentía cómo me partía de todas las formas posibles. Terminamos sudados, jadeando,me arregle un poco, fui al baño,le comi la boca una vez mas y lo deje solito...
Quedamos en volver a vernos.
Cuando fui a buscar a mis amigos ya estaban enredados con otra pareja. Ya quedaba poca gente, eran como las cinco de la mañana y yo tenía que volver a mi casa. Me despedí de ellos, me dijeron que me fuera tranquila. Pedí un Uber, estaba un poco alegre y me fui directo a casa.
Volví feliz, con la concha palpitando, con una sonrisa de placer y de disfrute, sabiendo que había vivido una de las experiencias más calientes y exclusivas de mi vida. Una fiesta privada en Mendoza de nivel, distinta, que demuestra que poco a poco la cabeza se abre y las fantasías toman cuerpo.
Gracias por leerme.
